Rojo y blanco

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La verdad era que Luciano, desesperado al ver que se aburría atrozmente en sus relaciones con una mujer a la que debía adorar, se hubiera sentido aún más desolado de lo que parecía su estado anímico; y como suponía a aquellas gentes muy atentas a los procedimientos personales, redoblaba su gentileza y sus atenciones para con ellas.

En aquel tiempo, la posición de Luciano, secretario particular de un ministro colmado de burlas por su padre, se había vuelto sumamente delicada. Como si hubiera existido entre ellos un acuerdo tácito, el señor de Vaize y nuestro héroe no se hablaban más que para dirigirse cumplidos; un empleado llevaba y traía los papeles y documentos de un despacho a otro. Para demostrarle confianza, el conde de Vaize le abrumaba, por así decirlo, con los asuntos más importantes del ministerio.

«¿Creerá que obrando así podrá hacerme pedir clemencia?», pensaba Luciano.

Y trabajaba, por lo menos, como tres jefes de negociado juntos. Generalmente se hallaba ya en su despacho a las siete de la mañana, y durante el intervalo de la comida del mediodía, mandaba hacer copias en la oficina de su padre, regresando por la tarde al ministerio para ponerlas sobre la mesa del despacho del ministro. En el fondo, Su Excelencia recibía de la mejor forma posible todas aquellas pruebas de lo que en los despachos oficiales recibe el nombre de talento.


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