Rojo y blanco

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«Mi voz me ha sido de utilidad —pensó el señor Leuwen—. Ha dado el tono preciso que debía emplear».

Pero él no estaba hecho, después de todo, para ser un gran político con personajes graves. El hastío le hacía estar de mal humor, y no se hallaba muy seguro sobre si podría resistir a la tentación de distraerse.

Una vez pronunciada aquella frase importante, el señor Leuwen sintióse sobrecogido por tal deseo de estallar, que se despidió y se fue.

La señora Grandet, después de haber corrido el cerrojo de la puerta, quedó inmóvil más de una hora en su sillón. Su aspecto era pensativo, tenía los ojos completamente abiertos, como la Fedra de Guerin en el Luxemburgo. Jamás ningún ambicioso atormentado por diez años de espera ha deseado un ministerio como ella lo estaba deseando en aquellos momentos.

«¡Qué papel a desempeñar, como el de la señora Roland, en medio de esta sociedad que se descompone! Yo redactaría todas las circulares de mi marido, pues él carece de estilo.


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