Rojo y blanco

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Durante toda aquella noche, la señora Grandet no pudo conciliar el sueño. Solamente hacia el alba, la felicidad de pensar que sería la mujer de un ministro la permitió descansar. Si se hubiera hallado ya en el edificio de la calle de Grenelle, sus sensaciones no hubieran sido tan violentas. Era una mujer atenta a la realidad de la vida.

En el transcurso de aquella noche tuvo cuatro o cinco contrariedades. Por ejemplo, estuvo calculando el número y precio de las libreas que debía comprar. La del señor Grandet estaba confeccionada, en parte, con tela amarillo canario, cuyo color, pese a todas sus recomendaciones, no podía conservar su nitidez más de un mes. ¡Cómo aumentaría el gasto con el número de libreas adicionales y, sobre todo, sus preocupaciones! Contaba: el portero, el cochero, los lacayos… Pero se detuvo en sus cálculos, pues no estaba segura del número de lacayos que le serían necesarios.

«Mañana iré a hacer una visita hábil a la señora de Vaize. Será necesario que no pueda sospechar que voy a darme cuenta del estado de su residencia; si pudiera hacer una anécdota con esta visita, el colmo de la vulgaridad caería sobre mí. ¡Ignorar como debe ser la casa de un ministro! Grandet debería saber cosas como éstas, ¡pero en realidad tiene tan poca cabeza!».


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