Rojo y blanco
Rojo y blanco Se hubiera dicho que estaba ya completamente decidida. Sin embargo, no todo fue placer, cuando Luciano entró aquella noche en su casa; bajó los ojos embarazada. Su conciencia le decía:
«He aquí el hombre gracias al cual puedo convertirme en la mujer del ministro del Interior».
Luciano, que no sabía nada de la gestión realizada por su padre, pudo observar en ella una actitud menos artificiosa, más natural y, seguidamente, algunos destellos de mayor intimidad y bondad en el comportamiento de la señora Grandet hacia él. Prefería esta manera de ser que recordaba, aunque de lejos, la idea que de la naturalidad y la sencillez tenía la señora Grandet y que ella calificaba de espíritu brillante. Aquella noche pasó largo rato a su lado.
Pero, decididamente, su presencia molestaba a la señora Grandet, ya que ésta poseía muchos más conocimientos teóricos que prácticos sobre la alta intriga política que, desde los tiempos del cardenal de Retz constituía la ocupación diaria de las Chevreuses y las Longuevilles. Despidió a Luciano, pero con cierto aire de imperio y buena amistad que aumentó el placer que éste encontró al verse nuevamente libre a las once.