Rojo y blanco
Rojo y blanco «Mostrarse siempre justa y bondadosa, pero con dignidad, y con todo el mundo, multiplicar mis relaciones de todas clases con la sociedad, moverse mucho, y antes de diez años todo París resonará con mi nombre. Las miradas de la gente están ya acostumbradas desde hace tiempo a ver mi residencia y mis fiestas. Finalmente, una ancianidad como la de la señora de Récamier, pero con una fortuna más sólida».
Sólo por un instante se preguntó, y por pura fórmula:
«Pero ¿tendrá influencia bastante el señor Leuwen para hacer conceder una cartera al señor Grandet? Y, una vez pagado el precio convenido, ¿no se burlará de mí? Sin duda tendré que examinar esto, ya que la primera condición de un contrato es entregar la mercancía vendida».
La gestión de la señora Grandet había sido convenida con su marido, pero ella se abstuvo de darle cuenta a éste de la respuesta del señor Leuwen con total exactitud. Entreveía claramente que no hubiera sido completamente imposible conducirle de una manera filosófica, razonable y política, a ver la situación, pero siempre sería a costa de una discusión terrible para una mujer que se respete.
«Es mejor saltarse esta explicación», decidió.