Rojo y blanco

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«Las señoras de Chevreuse o de Longueville, ¿hubiesen consentido en una cosa semejante? Sin duda, aquellas grandes damas hubieran accedido a ello. Lo que las coloca por debajo de mí, en relación a la moral, es que ellas consentían en cosas como éstas por una especie de semi-pasión, aun cuando la inclinación fuera algo menos noble. Ellas podían ser seducidas, yo no (y ella se admiró mucho con aquel descubrimiento). En lo que quiero hacer no hay más que alta especulación, prudencia; no uno a mi propósito ningún placer».

Después de haberse, si no tranquilizado completamente, por lo menos sí en lo que se refiere a dicho aspecto femenino de la cuestión, la señora Grandet se abandonó nuevamente a la dulce contemplación de las probable consecuencias que la detentación de un ministerio produciría en la sociedad…

«Un apellido que ha pasado por un ministerio se hace célebre para siempre. Millares de franceses no conocen de las personas que constituyen la primera clase de la nación, más que los nombres de aquellos que han sido ministros».

La imaginación de la señora Grandet penetraba en el futuro. Poblaba su juventud con los acontecimientos más halagadores.


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