Rojo y blanco

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Sin embargo, cuando se trataba del precio que debía pagar para comprar todo lo que ambicionaba, la imaginación de la señora Grandet desertaba, y renunciaba a pensar en ello: su alma era árida. No quería consentir abiertamente en lo que se le pedía, pero mucho menos negarse; tenía necesidad de una discusión prolongada para ir acostumbrando a su imaginación. Su alma, inflamada de ambición, no tenía tendencia a conceder a tal condición más que una importancia secundaria. Sentía que después tendría remordimientos, no religiosos, sino de dignidad.

«¿Es que una gran dama como la duquesa de Longueville, o una señora de Chevreuse, hubiesen concedido también tan poca importancia a una condición desagradable? —se repetía. Y no se daba ninguna contestación a esta pregunta, tan poco le preocupaba lo que le preguntaba, absorta como se hallaba en la contemplación de un ministerio—. ¿Cuántos lacayos necesitaré? ¿Cuántos caballos?».

Aquella mujer de tan célebre virtud, prestaba tan poca atención a la costumbre del alma llamada pudor, que se olvidaba de responder a las preguntas que se hacía al respecto, y hay que confesarle que eran hechas únicamente para guardar las formas. Finalmente, después de haber gozado durante tres largos cuartos de hora con su futuro ministerio, prestó alguna atención a la pregunta que se repetía por quinta o sexta vez:


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