Rojo y blanco

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Por suerte para la felicidad de los dos esposos, pensaban en voz alta en presencia del otro. En medio de este mundo tan falaz, y en las relaciones íntimas, tal vez más engañosas que las de la sociedad, aquel perfume de perfecta sinceridad poseía un encanto al que el tiempo no quitaba ni un ápice de su frescor.

Jamás el señor Leuwen estuvo tan cerca de mentir como en aquel momento. Sus éxitos en la Cámara apenas le habían costado esfuerzo, y por esta razón no podía creer en su duración ni casi en su realidad. Precisamente en ello radicaba la ilusión, el punto de enajenación, la prueba del intenso placer producido por el éxito y la situación increíble que se había creado solamente en tres meses. Si el señor Leuwen hubiese mantenido en aquel asunto la flema que no le abandonaba en ninguna de las cuestiones de dinero en las que se veía envuelto, se hubiera dicho:

«Éste es un nuevo empleo que doy a la fuerza que poseo desde hace ya mucho tiempo. Es como una máquina de vapor de gran potencia, que aún no me había dado cuenta que podía utilizar en este sentido».

Los efluvios de sensaciones nuevas producidas por un éxito tan maravilloso, hacían perder un poco el buen sentido del señor Leuwen, y era aquello, precisamente, lo que sentía vergüenza en confesar incluso a su mujer. Después de innumerables circunloquios, el señor Leuwen no pudo negar la deuda.


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