Rojo y blanco

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—Me siento extraordinariamente feliz, señora, al ver estrecharse aún más los lazos de nuestra antigua y buena amistad. De ahora en adelante deben ser todavía más íntimos, y para conducirles rápidamente a este grado de dulce franqueza y de perfecta expansión del corazón, le ruego me permita un lenguaje exento de todo vano disfraz… como si ya formase usted parte de la familia.

Al decir esto, el señor Leuwen contuvo con gran trabajo una mirada insinuante.

—¿Tengo precisión de pedirle una discreción absoluta? No puedo ocultarle una circunstancia que, por otra parte, su inteligencia profunda habrá podido adivinar: el señor conde de Vaize está al acecho. Un solo dato, una sola prueba que dicho ministro pueda tener en su poder por medio del centenar de espías que posee, como, por ejemplo, a través del señor marqués de G…, o del señor R…, ambos bien conocidos de usted, podrían echar por tierra todos nuestros asuntos. El señor de Vaize ve que el ministerio se le está escapando de las manos, y no puede pensarse que deje de mostrarse activo: todos los días, antes de las ocho de la mañana, ha realizado ya más de diez visitas. Esta hora insólita en París halaga a los diputados, a los cuales recuerda la actividad que ellos mismos desplegaban en otros tiempos, cuando eran empleados de algún procurador de provincias.


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