Rojo y blanco

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—Comprendo, señora; duda usted un poco, y ello constituye una razón para admirar su sabiduría; duda usted de mi influencia. En la discusión de los grandes asuntos de la Corte y de la política, la duda es el primero de los deberes, y no constituye ninguna afrenta para ninguna de las partes contratantes. Puede uno hacerse ilusiones sobre sí mismo y precipitar, no solamente los intereses de un amigo, sino los propios. Le he dicho que podría poner mi mirada en el señor Grandet, y usted duda un poco de mi poder. No me es posible darle a usted la cartera de Hacienda o del Interior del mismo modo que podría entregarle un ramo de violetas. Ni el propio rey, según las normas políticas actuales, podría hacerle un don parecido. Un ministro, en el fondo, debe ser elegido entre cinco o seis personas, cada una de las cuales posee como una especie de derecho de veto sobre la opinión de las restantes, más que un derecho absoluto a hacer prevalecer a su candidato; ya que, en fin, no debe olvidar, señora, que se trata de complacer completamente al rey, agradar algo a la Cámara de los diputados y, finalmente, no enfrentarse con esa desdichada Cámara de los pares. Es usted, mi linda señora, la que debe confiar en mí, y creer que haré cuanto esté realmente en mi mano para instalarla en el edificio de la calle de Grenelle. Antes de estimar el grado de afecto que me merecen sus intereses, intente hacerse una idea bien clara sobre la porción de influencia que para una duración de dos o tres veces veinticuatro horas, el azar ha colocado en mis manos.


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