Rojo y blanco
Rojo y blanco —No se trata de su buena fe, y está usted aplicando la pomada al lado de la herida.
»Lo que usted me pide es algo anómalo. Es usted un libertino —dijo la señora Grandet para dulcificar un poco el tono que iba tomando la conversación—. Su bien conocida opinión sobre lo que consiste la dignidad de nuestro sexo, no le permite apreciar debidamente toda la intensidad del sacrificio. ¿Qué dirá la señora Leuwen? ¿Cómo ocultarle, el secreto?
—De mil maneras, por un anacronismo, por ejemplo.
—Debo confesarle que no me hallo en estado de poder continuar la discusión. DÃgnese aplazar la conclusión de nuestra conversación hasta mañana.
—¡De muy buen grado! Pero mañana, ¿seré aún el favorito de la fortuna? Si usted no está de acuerdo con mi idea, es preciso que me procure alguna otra solución, y que, por ejemplo, intente distraer a mi hijo, que es lo único que tiene interés para mà en este asunto, arreglándole un buen matrimonio. Piense usted que no tengo tiempo que perder. La carencia de respuesta mañana, la consideraré como un no, y dejaré de hablar de todo esto.
La señora Grandet acababa de tener la idea de consultar con su marido.