Rojo y blanco
Rojo y blanco —Ciertamente que no puedo tener la pretensión de enterar al mariscal de quién es el señor Grandet. Todo aquel que se ocupa en ParÃs de asuntos de importancia le conoce, asà como su talento financiero, el lujo de que sabe rodearse y su casa; y más que nada, es conocido por la persona más distinguida de ParÃs, a la cual tuvo el honor de dar su apellido. El mismo rey le tiene en alta consideración, su valor es universalmente conocido, etc., etc. Todo lo que yo puedo decir al mariscal es algo asÃ: «Éste es el señor Grandet, excelente hombre de negocios, que sabe cuanto hay que saber sobre el dinero y la manera de manejarlo, y al cual puede usted hacer ministro del Interior, en cuyo cargo serÃa verdaderamente capaz de enfrentarse con el ministro de Hacienda. Yo apoyaré al señor Grandet con todas las fuerzas de mi débil voz». Esto es lo que yo llamo presentar —añadió el señor Leuwen, siempre con tono vivaz—. Si dentro de tres dÃas no puedo decir esto, deberé decir, a pesar mÃo: «Después de haber reflexionado, me haré ayudar por mi hijo, si se digna usted concederle el tÃtulo de Consejero de Estado, y acepto el ministerio». Puede usted creer que, después de haber presentado el señor Grandet al mariscal, soy hombre capaz de decir a éste en secreto: «No haga ningún caso de lo que acabo de decir delante del señor Grandet, ¿acaso soy yo el que quiere ser ministro?».