Rojo y blanco
Rojo y blanco El señor Grandet era un medio tonto, obtuso y bastante instruido, que cada noche sudaba sangre y agua durante una hora, para estar al corriente de nuestra Literatura, como decía él. Por otra parte, no hubiera sido capaz de distinguir una página de Voltaire de una de Viennet. Puede pensarse cuál sería su odio hacia una persona inteligente que había conseguido el éxito y no se preocupaba mucho por ello. Esto era lo que más le indignaba.
La señora Grandet sabía que nada podría conseguir de su marido hasta que éste hubiese agotado todas las frases bien hechas, según él creía, sobre un tema cualquiera. La desgracia era que cada una de aquellas frases engendraba otra. El señor Grandet tenía la costumbre de dejarse llevar por aquella inclinación, esperando con ello aparecer como hombre inteligente, y hubiese tenido razón al hacerlo, si en lugar de vivir en París hubiese vivido en Lyon o en Bourges.
Cuando la señora Grandet, con su silencio, hubo demostrado su conformidad con todos los defectos que reseñaba del señor Leuwen, y aquel rico tema le hubo ocupado durante veinte minutos, dijo:
—Marchas ahora por el camino de la alta ambición. ¿Recuerdas lo que le dijo el canciller Oxenstiema a su hijo?