Rojo y blanco
Rojo y blanco —Las grandes frases de los hombres célebres constituyen mi breviario: «¡Oh!, hijo mÃo, tendrás ocasión de reconocer que los asuntos del mundo son llevados con escasÃsimo talento».
—¡Bien!, para un hombre como tú, el señor Leuwen no es más que un medio. ¡Qué puede importarte su verdadero mérito! Si una Cámara compuesta por estúpidos se divierte con sus chascarrillos y considera elocuentes sus conversaciones tribunicias al tomarlas por oratoria digna de un hombre de Estado, ¿qué quede importarte a ti? Piensa en aquella débil mujer, la señora de…, que hablando con la reina Ana de Austria consiguió introducir en el Consejo al famoso cardenal de Richelieu. Quienquiera que sea el señor Leuwen, debes halagar su manÃa en tanto la Cámara tenga la de admirarle. Pero lo que yo te pido a ti, que frecuentas los cÃrculos polÃticos y ves lo que sucede con mi rada segura, es que me digas si la influencia del señor Leuwen es real, ya que no entra en mis principios de elevada y pura moralidad hacer promesas y a continuación no cumplirlas con fervor. Esto no serÃa propio de mà —añadió con buen humor.