Rojo y blanco
Rojo y blanco —Hablemos de negocios; he venido aquà por lo siguiente —añadió con una afectación misteriosa, dejándose caer pesadamente sobre un sofá—: Está usted gastando mucho; tres caballos comprados en tres dÃas; que conste que no se lo critico; ¡bien, bien, muy bien!, pero ¿qué van a decir sus camaradas que no poseen más que uno, y aún, a menudo, de sólo tres patas? —añadió con una carcajada—. ¿Sabe lo que dirán? Pues que es usted un republicano; es por ahà por donde nos molesta la albarda —añadió agudamente—, ¿y sabe usted cuál es la respuesta que debe darles?: un hermoso retrato de Luis Felipe, encuadrado en un marco de oro, que colocará usted allÃ, encima de la cómoda, en el sitio de honor; con lo que, además de darse un gusto, ¡obtendrá usted honor! —Se levantó, con dificultad, del sofá—. A buen entendedor, con media palabra basta, y usted no tiene, precisamente, aspecto de tonto; ¡honor!
Era aquélla la manera de despedirse del teniente coronel.