Rojo y blanco

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—¡Nicolás, Nicolás!, haz venir a uno de esos paisanos que están en la calle sin hacer nada, y da escolta hasta mi casa, ya sabes, calle de Metz, número 4, a estas dos cajas de licores, y…, no vayas a explicarme luego que una de las botellas se ha roto durante el camino; ¡nada de esto, camarada! Pero ahora que lo pienso —dijo Fillotetu a Luciano—: si el buen Dios quiere que se rompa una botella, bien rota estará; de modo que lo mejor que puedo hacer es seguir a veinte pasos de distancia estas botellas, adoptando un aire indiferente. Adiós, mi querido camarada.

Y mostrando con su mano enguantada el lugar de encima de la cómoda:

—Ya me ha oído, un hermoso Luis Felipe ahí encima.

Luciano creyó que ya se había desembarazado del personaje; pero Filloteau volvió a reaparecer en el dintel de la puerta.

—¡Ah, y otra cosa!, nada de estos j… libros en sus maletas, especialmente, nada de folletos. Nada de mala prensa, cómo dice Marquin.

Al pronunciar esta última palabra; Filloteau dio cuatro pasos hacia el interior de la habitación y añadió a media voz:


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