Rojo y blanco
Rojo y blanco —Ese alto e insidioso teniente, Marquin, que ha llegado de ParÃs. —Luego, colocando su mano formando mampara en un ángulo de la boca, añadió— El mismo coronel está ante él; en fin, ya basta. Creo que comprende usted perfectamente, ¿no es asÃ?
—En el fondo es una buena persona —se dijo Luciano—; es como la señorita Sylviane Berchu; ambos me gustarÃan si no me diesen náuseas. Mi caja de kirsch me ha valido de algo.
Y salió a comprar el mayor retrato de Luis Felipe que encontrara.
Un cuarto de hora más tarde regresó, seguido de un operario cargado con un enorme retrato que habÃa encontrado enmarcado y preparado para un comisario de policÃa, nombrado recientemente por recomendación del señor Fléron. Luciano miraba, pensativo, como clavaba el clavo y colgaba el retrato.
—Mi padre me lo ha repetido varias veces, y ahora comprendo la sabidurÃa de cuanto me dijo: «Se dirÃa que no has nacido en Parts, entre este pueblo cuya fina inteligencia se encuentra siempre a la altura de todo cuanto puede ser útil y provechoso. Tú crees que las cosas y los hombres son más grandes de lo que son en realidad, y elevas a la categorÃa de héroes, para bien o para mal, a todos tus interlocutores. Tiendes las redes demasiado altas, como dijo TucÃdides a los beodos».