Rojo y blanco

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Y Luciano repitió unas palabras griegas que yo ignoro.

—El pueblo de París —añadía su padre—, cuando oye hablar de una bajeza o de una traición útiles, exclama: «¡Bravo, he ahí una jugada digna de Talleyrand!», y la admira.

—Estaba pensando en acciones más o menos delicadas, en algo sutil, difícil, etc., para deshacerme de este barniz de republicanismo y de este calificativo fatal: alumno expulsado de la Escuela Politécnica. Cincuenta y cuatro francos del marco y cinco de la litografía me han sacado del apuro; esto es lo que debo hacer con vistas a toda esta gente que me rodea; Filloteau sabe más de estas cosas que yo. Es la verdadera superioridad del hombre genial sobre el vulgar; en lugar de una multitud de pequeñas y ridículas gestiones, una sola acción clara, simple, impresionante, que responda a todo y por todo. Siento un gran temor —añadió con un profundo suspiro—, y es el dé llegar un día a teniente coronel, etcétera.

Por suerte para Luciano, predispuesto en aquellos momentos a considerarse inferior a todo y a todos, sonó la corneta al otro extremo de la calle, y tuvo que correr al cuartel, donde las agrias reprimendas de sus jefes le hacían estar muy atento a lo que hacía.


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