Rojo y blanco

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—Habrá que dar mucho trabajo al señor Luciano Leuwen; hacerle olvidar a la señorita Raimunda.

—Noble función, en verdad.

—Es una bufonada que por un giro ridículo de la fortuna, hace que un hombre posea en el momento presente el poder, repito, todo el poder. ¿Y qué hay más respetable que un hombre poderoso?

Diez minutos más tarde, el señor Grandet se reía de la simplicidad de modales del señor Leuwen, y volvió a ser tema de conversación la señorita Raimunda. El señor Grandet, después de haber manifestado todo cuanto sabía sobre aquel asunto, dijo finalmente:

—Para hacer olvidar esta ridícula pasión, no estaría de más un poco de coquetería por parte tuya. Podrías ofrecerle tu amistad.

Aquello fue dicho con sencillez, con el tono de naturalidad del señor Grandet, que hasta entonces había demostrado su espiritualidad. (La conferencia había llegado a su séptimo cuarto de hora de duración).

—Sin duda —respondió la señora Grandet con la más perfecta tranquilidad y, en el fondo, con mucha alegría. «He aquí que he dado un gran paso —pensó—; no puede negarse».

Se levantó.

—Ésa es una idea —dijo a su marido—, pero muy penosa para mí.


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