Rojo y blanco

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Finalmente, el señor Grandet comprendió a medias que no podía tener ninguna oportunidad de conseguir un ministerio si no era merced al señor Leuwen, y consintió en dejar la plaza de secretario general del mismo a elección de éste.

—En cuanto al título de su hijo, el señor Leuwen decidirá. A causa del efecto que pueda producir en la Cámara, quizá sería preferible que fuera el de un simple secretario particular, lo mismo que es hoy en día con el señor conde de Vaize, pero encargado de resolver todos los asuntos que corresponderían a un secretario generali

«Todos estos tapujos no me acaban de convencer —pensó—. En una administración leal, cada uno debe tener el título que corresponde a sus funciones».

«Entonces deberías darle el de intendente de una mujer inteligente que te hace ministro», pensó la señora Grandet.

Fueron necesarios todavía algunos minutos para que se decidiera. La señora Grandet sabía que no podía obligar a aquel bravo coronel de la Guardia Nacional, su marido, sino después de vencerle por pura fatiga física. Mientras hablaba con su mujer, se entrenaba en demostrar inteligencia a la Cámara de los diputados. Puede imaginarse la gracia y lo adecuado de dicha actitud en un comerciante perfectamente razonable, pero privado de toda clase de imaginación.


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