Rojo y blanco

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—¡Cómo! ¡Un subteniente de lanceros secretario general! ¡Esto es un sueño! ¡Esto no se ha visto jamás! ¿Dónde está la seriedad?

—¡Ay!, en ninguna parte. En nuestra sociedad ya no hay seriedad, y ello es muy deplorable. El señor Leuwen no ha estado serio al darme su ultimátum, su condición sine qua non… Piensa que si hacemos una promesa deberemos cumplirla.

—¡Tomar como secretario general a un taciturno que pretende, además, tener ideas propias! Desempeñaría a mi lado el mismo papel que el señor de N… junto al señor de Villéle. No tengo interés en crearme un enemigo íntimo.

La señora Grandet tuvo aún que soportar veinte minutos más de mal humor, y las frases espirituales y profundas de un semi-tonto que pretendía imitar a Montesquieu, que no comprendía ni una palabra de la situación, y que tenía la inteligencia ahogada por cien mil libras de renta. Aquella réplica calurosa del señor Grandet, como él la habría calificado, se parecía como dos gotas de agua a un artículo de periódico firmado por los señores Salvandy o Vienhet, del cual hacemos gracia al lector, que con seguridad habrá leído esta mañana algo de ese género.


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