Rojo y blanco
Rojo y blanco «¡Ah, gran Dios! —se dijo la señora Grandet—. Acabo de ganarme otros diez minutos sobre alta polÃtica explicada como se hace en las oficinas de una casa comercial».
Se equivocaba; la conversación no se reanudó más que al cabo de diecisiete minutos, con la invitación hecha por el señor Grandet de que se aceptara la amistad Ãntima del señor Luciano Leuwen durante tres años, si se tomaba la decisión de aceptarla por un mes.
—¡Pero la gente dirá que es tu amante! —exclamó el señor Grandet.
—Ésta es una desgracia que yo seré la primera en sufrir. Esperaba que intentaras consolarme… Pero, en fin, ¿quieres ser ministro o no?
—Quiero ser ministro, pero por procedimientos honestos, como Colbert.
—¿Y dónde está el cardenal Mazzarino en su lecho de muerte para presentarte al rey?
Aquella cita histórica, dicha en el momento oportuno, causó verdadera admiración en el señor Grandet, y le pareció una razón más que convincente.