Rojo y blanco
Rojo y blanco La señora Grandet se hubiera sentido molesta al no admitir a Luciano en el primer lugar de su corazón. Si la situación se hubiese prolongado ocho o diez días, hubiese continuado quizá por su propia cuenta el camino indicado por la primera idea de lo que habría tenido que pagar por un ministerio. Estaba dispuesta a amar seriamente a Luciano.
Propuso a éste jugar una partida de ajedrez.
Aquella noche estaba animada y brillante, de una lozanía todavía más admirable que de ordinario. Su hermosura, que era de primer rango, nada tenía de sublime ni de austero; en una palabra, no había en ella nada de lo que atemoriza a las personas vulgares y sí mucho de lo que encanta a los corazones distinguidos. El éxito producido por la señora Grandet entre la veintena de personas que sucesivamente se fueron acercando a la mesa donde se jugaba la partida, fue extraordinario.
«¡Y que una mujer como ésta, casi me persiga!, pensaba Luciano, concediendo a la señora Grandet el placer de ganarle. Es preciso que sea yo un tipo muy raro para no sentirme feliz por ello».
De repente, se dijo: