Rojo y blanco

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«Me hallo en una posición análoga a la de mi padre. Perderé mi crédito en este salón si no me aprovecho; y ¿quién me dice que no lamentaría tal cosa? Siempre he sentido algo de desprecio por esta posición, pero jamás la he ocupado. El desprecio sería propio de un tonto.

—Es una compensación bien cruel para mí, jugar al ajedrez con usted. Si no corresponde a mi apasionado amor, no me quedará otra solución de levantarme la tapa de los sesos.

—¡Pues bien!, viva usted y ámeme… Su presencia en el salón, esta noche, me dejaría sin el control que debo tener sobre mí misma para poder hablar con tanta gente. Vaya a hablar cinco minutos con mi marido y vuelva mañana, sobre la una, a caballo si hace buen día.

»Héteme aquí feliz —pensó Luciano al subir a su cabriolé—. Soy verdaderamente feliz —se repitió haciendo subir a su criado para que condujera los caballos—, pues me siento turbado.

»La felicidad que puede dar el mundo, ¿no es pues, más que esto? Mi padre va a formar un ministerio y desempeña el más brillante papel en la Cámara; la mujer más hermosa de París parece ceder a mi pretendida pasión…».

Luciano se entregó a torturar su felicidad, a exprimirla en todo sentido, y no pudo extraer de ella más que esta conclusión:


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