Rojo y blanco

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«Gocemos completamente de esta felicidad, para no tener que arrepentirme de ella, como un niño, una vez haya pasado».

Algunos días más tarde, al descender del cabriolé para subir a casa de la señora Grandet, se sintió seducido por el resplandor de un hermoso claro de luna que podía verse a través de la abertura de la puerta cochera que daba a la plaza de la Madeleine. En vez de subir, salió, lo que extrañó muchísimo a los señores cocheros.

Para huir de sus miradas, se alejó un centenar de pasos de allí, encendió humildemente su cigarrillo en el fuego de una vendedora de castañas asadas, y se entregó a la admiración de la belleza del cielo y a reflexionar.

Luciano no sabía nada de lo que su padre había hecho por él, y no podemos ocultar que se hallaba bastante orgulloso del éxito obtenido con aquella señora Grandet, cuya conducta irreprochable, rara hermosura y cuantiosa fortuna, brillaban con intenso resplandor en la sociedad de París. Si a todas estas cualidades hubiese podido añadir la de un apellido aristocrático, hubiera sido una mujer realmente célebre; pero por mucho que lo intentase, jamás pudo conseguir que los milords ingleses acudieran a su salón.


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