Rojo y blanco
Rojo y blanco Estas frases, por medio de las cuales Luciano resumía todas sus impresiones de provincias, le echaban a perder el recuerdo que tenía de la encantadora señora d’Hoquincourt y la inteligencia superior de la señora de Puylaurens. Aquel miedo continuo, aquella añoranza de un pasado que se atrevía a defender como algo valioso, privaban a Luciano de poderlas considerar en su verdadera grandeza. Por el contrario, ¡había tanto lujo, tanta riqueza y ausencia de envidia y temor en los salones de la señora Grandet!
«Aquí es donde realmente saben vivir», se decía Luciano.
Y en ocasiones se pasaba semanas enteras sin que le extrañara alguna frase de mal tono, como las había oído alguna vez en los salones de las señoras d’Hoquincourt o de Puylaurens. Aquellas frases de mal tono, ponían de manifiesto la vileza de alma de algún diputado del centro, que al venderse al ministerio por una condecoración o por una expendeduría de tabaco, no había sabido colocar una máscara sobre su cara repugnante. Con gran sentimiento por parte de su padre, Luciano no dirigía jamás la palabra a personajes de aquel jaez; les oía comentar, de paso, los veinticinco millones del presidente Jackson, el precio del azúcar o cualquier otra cuestión de actualidad, y exponer algunas opiniones sobre Economía Política, sin que ni siquiera supieran las cosas más elementales del problema que discutían.