Rojo y blanco
Rojo y blanco «Sin duda son la hez de Francia —pensaba Luciano—; algo estúpido y vendido al mejor postor. Pero al menos carecen de miedo y no añoran el pasado ni embrutecen a sus hijos reduciéndoles su lectura únicamente a la Journée du Chrétien.
»En este siglo en que todo es cuestión de dinero, en el que todo se vende y se compra, ¿qué hay que pueda compararse a una fortuna inmensa, gastada por una mano hábil y cautelosa? Este Grandet no gasta ni diez luises sin que piense en la posición que ocupa en la sociedad. Ni él ni su mujer se permiten los caprichos que me permito yo, que no soy más que un hijo de familia».
Les veÃa a veces tacañear por el alquiler de un palco, y pedir invitaciones a Palacio o al ministerio del Interior.
Luciano veÃa a la señora Grandet rodeada del universal homenaje. En medio de toda esta filosofÃa, cierto instinto monárquico existente en la mayorÃa de los franceses poseedores de una carroza, le decÃa que serÃa mucho más halagador para él, ser preferido por una mujer que llevara uno de los renombrados apellidos de la MonarquÃa.