Rojo y blanco

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»Pero si yo pudiese llegar, cosa imposible en mí, a los salones en que tales opiniones son sostenidas en París, encontraría en ellos, como única diferencia, que los tres o cuatro oficiales de la Orden de San Luis del estilo de los señores de Serpierre o de Marcilly, serían reemplazados por tres o cuatro ex pares que sostendrían, como el señor de Saint-Lérant en casa de la señora de Marcilly, que el emperador Nicolás posee un tesoro consistente en seiscientos millones, legado por el emperador Alejandro, y que se guarda en una arquilla, para ser empleado en el exterminio de los jacobinos de Francia en cuanto tenga un momento para ello. Existe sin duda, aquí como allí, un rey dominando despóticamente a las pobres y lindas mujeres, y obligándolas, por el terror, a tener que asistir durante dos horas al sermón del abate Poulet. La amante que podría conseguir en semejante círculo si la edad de sus antepasados alcanzara los inicios del mundo, se vería obligada, como la señora d’Hoquincourt, y a pesar suyo, a enfrascarse en discusiones de veinte minutos sobre el mérito de la última pastoral de Monseñor el obispo de… Los elogios a los padres que hicieron quemar a Juan Huss serían, en verdad, presentados bajo las formas de la más perfecta elegancia, ¡pero de qué modo esta misma elegancia traiciona su dureza de corazón! En cuanto la apercibo, me hace poner en guardia. En los libros me gusta, pero en la realidad me hiela, y al cabo de un cuarto de hora me inspira deseos de alejarme de ella.


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