Rojo y blanco
Rojo y blanco »En casa de la señora Grandet, merced a su apellido burgués, este género de absurdidad está por completo reservado a sus coloquios matinales con la señora de Thémines, de Toniel, u otras madres de la Iglesia, y puedo limitarme a cuatro palabras de respeto para lo que es respetable, repetidas una sola vez por semana.
»Los hombres con los que me encuentro en casa de la señora Grandet, por lo menos han hecho algo, si no otra cosa, su fortuna. Que la hayan adquirido por medio de los negocios, artículos de periódico o discursos vendidos al Gobierno, por lo menos significa que han hecho algo.
»Toda esta gente que veo en casa de mi amante —dijo riendo—, es como una historia escrita con mala ortografía, pero interesante en el fondo. El mundo de la señora de Marcilly se compone de teorías absurdas e incluso hipócritas, basadas en hechos muy discutibles y encubiertas por un lenguaje delicado, pero la hosquedad de la mirada desmiente a cada momento la elegancia de la forma. Toda aquella elocuencia imitada de Fénelon, verdaderamente untuosa, exhala, para quien tiene agudizados los sentidos, un intenso olor de truhanería y vileza.