Rojo y blanco
Rojo y blanco Ella había cumplido ya los veintiséis años; hacía siete que estaba casada y cinco que reinaba en la más brillante, si no la más aristocrática sociedad. Jamás un hombre se había atrevido a besarle la mano en una entrevista a solas.
Al día siguiente hubo una escena entre el señor Leuwen y la señora Grandet. El señor Leuwen, que se había comportado en todo aquel asunto con la mayor honradez, hablase apresurado a presentar el señor Grandet al anciano mariscal, el cual, en plenitud de su recto sentido y vigor, cuando no se dejaba apoderar por la pereza o el mal humor, había dirigido a aquel futuro colega cuatro o cinco preguntas rápidas, a las cuales el rico banquero, poco acostumbrado a oírse dirigir la palabra con tanta concisión, contestó por medio de largas frases, en su creencia, perfectas de estilo. Ante ello, el mariscal, que detestaba las frases, en primer lugar porque son realmente detestables y en segundo porque él no sabía hacerlas, le había vuelto la espalda. El señor Grandet había regresado a su casa pálido y desesperado. Durante el resto del día no se sintió tentado a compararse con Colbert. Tenía exactamente el grado de tacto suficiente para comprender que había causado una soberana mala impresión al mariscal. Verdad era que la grosería del viejo militar, fastidioso ladrón repleto de bilis, había colaborado con su conducta a la rapidez de comprensión del señor Grandet.