Rojo y blanco
Rojo y blanco Hacía unos dos meses que había encontrado, entre la colección de maravillosas porcelanas de Constantin, una cabeza que le hizo sonrojar por su extraordinario parecido con la señora de Chasteller, y la había hecho copiar, sin dejar ni por un instante la compañía de aquel joven pintor que por su ansiedad y suavidad de carácter, se había convertido en su amigo. Corrió a su casa, como para rendir homenaje de adoración ante aquella imagen venerada. ¿Sería algo deshonroso si declaramos que, como el célebre personaje con el que hace unos instantes hemos tenido la osadía de compararle, estalló en sollozos ante su contemplación?
Hacia la caída de la tarde, se obligó a sí mismo a ir a pasar un rato en casa de la señora Grandet. Luciano era otro hombre. La señora Grandet se dio cuenta de ello inmediatamente, así como de su cambio de ideas. Ocho días antes, aquel matiz moral hubiera pasado desapercibido por completo. Sin confesárselo, ella no se hallaba solamente dominada por la ambición, sino que empezaba a interesarse sinceramente por aquel joven que no era triste como los demás, sino simplemente serio. Encontraba en él un encanto inexpresable. Si hubiera tenido más experiencia o inteligencia, hubiese calificado de natural aquella manera de sentir que la unía a Luciano.