Rojo y blanco
Rojo y blanco Su fluido discursear fue interrumpido de golpe, del mismo modo que muchos siglos antes, un hombre débil, ante el poder, había negado a su amigo, detenido por la policía por cuestiones políticas, antes de que cantara el gallo. Luciano se quedó inmóvil, como el Bartolo del Barbiere de Rossini. Ocho o diez veces después de haber encontrado la felicidad con la señora Grandet, se le había presentado la imagen de la de Chasteller, pero jamás de una forma tan nítida; siempre se había distraído con alguna frase rápida, como: «Mi corazón no cuenta para nada en una aventura como ésta, en la que sólo tiene algún valor la juventud y la ambición». Pero por todas las combinaciones que habían precedido el recuerdo del nombre de la señora de Chasteller, tomaba cuantas medidas le eran posibles para hacer que aquella evocación persistiera. La señora Grandet no le obligaba a romper con la persona de la señorita Raimunda, sino con el recuerdo querido y sagrado de la señora de Chasteller. La impiedad era mucho mayor.