Rojo y blanco
Rojo y blanco Lo que complicaba la cuestión era que el rey, que desde hacía cinco o seis meses se iba mostrando cada vez más contrario a tomar resoluciones decisivas, había mandado a su hijo al ministerio de Hacienda a fin de actuar como mediador para una reconciliación del ministro con el viejo mariscal, con la intención de que si ésta no resultaba favorable a los intereses del rey, desautorizar a su hijo y desterrarle a alguna provincia. La reconciliación había tenido éxito, ya que el anciano mariscal tenía mucho interés en que una compra de caballos que habla realizado fuera completamente liquidada antes de su salida del ministerio. El señor Salomón C…, dueño de la empresa suministradora, había estipulado prudentemente que los cien mil francos de fianza entregados por el hijo del mariscal y los beneficios que podrían corresponderle, no serían pagados más que con los fondos procedentes de la ordenanza de sueldos firmada por el ministro de Hacienda. El rey estaba perfectamente enterado de la especulación sobre los caballos, pero lo que no conocía era este último detalle, y se enteró de él gracias a un espía que tenía en el ministerio de Hacienda, el cual pasaba sus informes a su hermana. Se sintió furioso e indignado por no haberlo sabido antes, y en su cólera estuvo a punto de dar el mando de una brigada en Argel al señor G…, jefe de su policía personal. La política del rey en relación con sus ministros, habría sido completamente diferente si hubiese estado seguro de poder controlar al mariscal, durante quince días solamente, por medios invencibles.