Rojo y blanco
Rojo y blanco El señor Leuwen ignoraba estos detalles y consideró que el aplazamiento de quince días era un síntoma más de timidez e incluso de debilidad en el ánimo del rey, pero no se atrevió a comunicar esta impresión a la señora Grandet. Tenía por principio que había cosas que jamás debían decirse a una mujer.
El resultado de todo fue que, aunque se manifestaba a la señora Grandet con la mayor sinceridad, a excepción de aquel detalle, ésta, cuyo espíritu se hallaba agudizado en aquellos momentos por la ansiedad más intensa, creyó ver que no era sincero con ella.
El señor Leuwen se dio cuenta de tal sospecha. En su desesperación de hombre honrado, que fue muy viva e intensa, como todas sus sensaciones y emociones, aquel mismo día, que no se atrevía a tratar a fondo este tema delante de su mujer, después de cenar en la intimidad de la familia salió muy temprano de casa para dirigirse a la ópera, se hizo acompañar por su hijo y, una vez en el palco, cerró la puerta de éste con cerrojo. Después de tomar estas precauciones, le explicó a Luciano, en detalle y con la mayor sencillez de estilo, el trato hecho con la señora Grandet. El señor Leuwen creía estar hablando con un hombre político y estaba cometiendo una verdadera equivocación.