Rojo y blanco

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La vanidad de Luciano quedó desolada y sintió un frío intenso en su pecho, ya que nuestro héroe, muy distinto de los héroes de moda, no era absolutamente perfecto, ni tan sólo simplemente perfecto. Había nacido en París y, en consecuencia, poseía unos impulsos anímicos de increíble fuerza.

Esta inmensa vanidad parisién no iba, sin embargo, unida a su vulgar compañera, la estupidez de creerse en posesión de cualidades inexistentes. Con referencia a las cosas y cualidades de que carecía, se juzgaba incluso con severidad. Por ejemplo, se decía:

«Soy demasiado sencillo y demasiado sincero; no sé disimular el hastío y mucho menos el amor que pueda experimentar, para alcanzar éxitos deslumbrantes con mujeres de la alta sociedad».

Súbitamente, de manera completamente imprevista, la señora Grandet, con su porte de reina, su rara hermosura, su inmensa fortuna y su conducta irreprochable, le había confirmado brillantemente todas sus previsiones filosóficas, aunque tristes. Luciano gozaba de aquella situación con delicia.



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