Rojo y blanco
Rojo y blanco «Un éxito como éste no tendrá jamás parangón posible —se decÃa—; jamás podré tener éxito, sin amor por mi parte, con una mujer virtuosa y de gran posición en el mundo. No tendré éxito jamás, y si lo tengo, será como dice Ernesto, por el vulgar medio del contagio de amor. Soy demasiado ignaro para saber seducir a cualquier mujer, incluso a una muchacha de la calle. Al cabo de ocho dÃas, o me aburre y la abandono, o me gusta demasiado, se da cuenta de ello y se burla de mÃ. Si la pobre señora, de Chasteller me ha amado, como a veces estoy tentado de creer, y a la que yo sigo amando a pesar de la falta cometida con aquel odioso teniente coronel de húsares, persona vulgar, ordinaria y desagradable como rival, no fue debido a que yo tuviera ningún talento, sino simplemente que la amaba con locura… como sigo amándola».
Luciano se detuvo un instante. En aquel momento su vanidad se hallaba de tal modo ofendida, que del amor guardaba el reciente recuerdo más que la conciencia de su presencia actual. Fue precisamente en el momento en que la aventura con la señora Grandet empezaba a gustar enormemente a Luciano cuando su padre, con pocas palabras, vino a derribar todo el edificio que se habÃa construido de su propia satisfacción. Una hora antes aún se repetÃa: