Rojo y blanco

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«Ernesto se habrá equivocado, como mínimo una vez, cuando me predijo que en mi vida podría conseguir una mujer de categoría social, sin amarla, y sí únicamente por medio del empleo de procedimientos como la piedad, las lágrimas y todo lo que los alquimistas de tercer rango llamaban la vía húmeda».

Las traidoras frases pronunciadas por su padre, sucediendo a un día de triunfo, le hundió en la más profunda amargura.

«¡Mi padre —se dijo Luciano—, se está burlando de mí!».

Por un exceso de vanidad, no se dejó dominar por la mirada incisiva y escrutadora de su padre, que no se separaba de la suya, y ocultó a aquel implacable burlón su desengaño. El señor Leuwen hubiera deseado poder adivinar qué era lo que sucedía en el interior de su hijo. Sabía, por experiencia, que el mismo fondo de vanidad que hace sentir cruelmente las desventuras de aquel género, no las deja que se sufran por demasiado tiempo. Sentía, por el contrario, un profundo temor por el interés despertado por la señora de Chasteller. No supo ver nada en la expresión de su hijo, y le consideró como un hombre político que se explicaba perfectamente la posición del rey con respecto a sus ministros y que no exageraba la astucia cautelosa de uno ni la bajeza de los otros, bajeza que a menudo se despierta ante el latigazo cruel de la ironía parisién.


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