Rojo y blanco
Rojo y blanco No pasaba un minuto sin que el señor Leuwen dejase de preocuparse de imbuir a Luciano del papel que debía representar cerca de la señora Grandet para persuadirla de que él, el señor Leuwen padre, no la traicionaba en forma alguna, y que era la estupidez del señor Grandet la única causa de todo el mal; pero que él, Leuwen, se encargaría de reparar dicho mal.
Por suerte para nuestro héroe, después de una sesión de una hora, el señor M… fue a hablar con su padre.
—Te vas a la plaza de la Madeleine, ¿no es así?
—Sí, claro —respondió Luciano con una rapidez jesuítica.
En efecto, se dirigió casi corriendo hacia la plaza de la Madeleine, único sitio de los alrededores en el que, a aquella hora, podía encontrar algo de tranquilidad y la certidumbre de no ser abordado por nadie, ya que por aquel entonces se había convertido en un pequeño personaje y sufría la asiduidad de la gente.
Allí, durante toda una hora, se paseó por las aceras solitarias y pudo decirse una y otra vez:
«No, no he sacado ningún premio a la lotería; sí, soy un bobo incapaz de conseguir a ninguna mujer por mi propia inteligencia ni por el método vulgar del contagio del amor.