Rojo y blanco
Rojo y blanco Todas sus antiguas ideas sobre América y el señor de Lafayette le volvieron al pensamiento. Cuando los domingos encontraba al señor de Lafayette en casa del señor de Tracy, se figuraba que con su sentido común, su honradez y su elevado modo de pensar, todas las gentes de América tendrían también la elegancia de sus modales. Fue brutalmente desengañado: allí reina la mayoría, la cual es formada, en gran parte, por la hez de la sociedad.
«En Nueva York la carreta gubernativa ha ido a caer en la cuneta opuesta a la nuestra. El sufragio universal reina despóticamente y como un déspota de manos sucias. Si no le soy simpático a mi zapatero, éste puede hacer correr sobre mí alguna calumnia que me indigne, y a pesar de ello tengo que halagarle. Los hombres no son valorados, sino contados; el voto del más grullo de los artesanos tiene el mismo valor que el de Jefferson y a menudo resulta más simpático que aquél. El clero los embrutece aún más que a nosotros; los domingos por la mañana hacen descender a los viajeros de las diligencias porque viajando en domingo realizan un acto servil y cometen un gran pecado… Esta vulgaridad universal y sombría me ahogaría… En fin, haré lo que Bathilde quiera…».
Dio vueltas durante largo tiempo a aquella idea y, finalmente, se extrañó al verla tan profundamente arraigada en su espíritu, sintiéndose feliz por ello.