Rojo y blanco
Rojo y blanco Con tales ideas bien afirmadas en su espíritu, en su calidad de ideas incontestables y nuevas, Luciano regresó a la Ópera. La música vulgar y las encantadoras evoluciones de la señorita Elssler, le produjeron un interés que le extrañó. Se decía que no disfrutaría por mucho tiempo de todas aquellas lindas cosas, y, a causa de ello, no le producían más que mal humor.
Mientras la música prestaba alas a su imaginación, su razón fue recorriendo, con interés, varias posibilidades para su vida futura.
«Si con la agricultura no me tuviese que poner en contacto con campesinos estúpidos y bribones, con un cura que los solivianta en contra de uno, con un prefecto que os escamotea el periódico en la oficina de correos, como no hace dos días yo mismo le insinué a ese bendito prefecto de…, ésta sería una forma de trabajo que me interesaría… ¡Vivir en una propiedad con la señora de Chasteller y hacer producir a la tierra los doce o quince mil francos necesarios para nuestro bienestar, modesto lujo! Nuestra subsistencia…
»¡Oh, América!… ¡Allí no hay prefectos como el señor de Séranville!».