Rojo y blanco
Rojo y blanco Esta idea se apoderó de su imaginación durante una hora entera. Desde hacía algunos meses, nuestro héroe se había vuelto más osado, ya que había podido ver de cerca los motivos que mueven las acciones de los hombres que ocupan los puestos destacados. Aquella especie de timidez, que para una mirada clarividente revela un alma sincera y grande, no había podido sostenerse ante la primera experiencia de los asuntos importantes. Si hubiese pasado toda su vida en la oficina de su padre, quizás hubiera podido ser toda su vida un hombre de mérito, conocido como tal, por una o dos personas. Se atrevía ahora a creer en su primer impulso y a mantenerlo incluso delante de aquel que le demostrara que estaba equivocado. Debía a la ironía de su padre la imposibilidad de poder aceptar malas razones.
Durante toda una hora, aquellas ideas ocuparon su agitado paseo.
«En el fondo, de lo único de que debo ocuparme, en todo esto, es de saber manejar el corazón de mi madre y la vanidad de mi padre, que al cabo de seis semanas se habrá olvidado de sus fantasías sobre un hijo que le ha resultado demasiado obtuso para lo que él hubiera deseado hacer del mismo: un hombre hábil, capaz de hacer una buena brecha en el presupuesto:»