Rojo y blanco
Rojo y blanco »Coffe tiene razón; soy mucho peor que todas estas almas vulgares que se han vendido al gobierno. Ayer, refiriéndose a Desbacs y demás compinches como él, me dijo, con su frialdad de razonamiento inexorable: “Lo que hace que no les desprecie demasiado es el hecho de que me consta no tienen de qué comer”.
»Una posición maravillosa para mi edad, mi inteligencia y la situación que ocupa mi padre en la sociedad, ¿me han proporcionado alguna vez otro sentimiento que esta estupefacción sin placer: No es más que esto?
»Tiempo es de despertar. ¿Tengo necesidad de una gran fortuna? ¿Acaso una cena de cinco francos y un caballo no me serían suficientes, y aún me sobraría algo? Todo lo demás es un lastre más que un placer, sobre todo en el momento presente, en que podría decir: “No desprecio lo que no conozco, como un estúpido filósofo a lo Juan Jacobo. Éxitos mundanos, sonrisas, estrechamientos de manos de los diputados provincianos o de subprefectos de permiso, grosera benevolencia y simpatía en todas las miradas de los salones, todo esto lo he gustado ya… Puedo volver a encontraros dentro de un cuarto de hora en el salón de la ópera”.
»¿Y si partiera, sin regresar a la Opera, para ir a vislumbrar la única región del mundo en la cual puede existir un quizá para mi felicidad? ¡En dieciocho horas, podría hallarme en la calle de la Pompe!».