Rojo y blanco
Rojo y blanco —¡No, pardiez!, me lo ha demostrado a mà mismo y esto es lo esencial. ¿Qué puede importarme la opinión de esa legión de semi-bribones que miran con admiración mi condecoración y mis rápidos progresos en la vida? Ya no soy el joven subteniente de lanceros que marchó a Nancy para incorporarse a su regimiento, esclavo entonces de cien pequeñas debilidades de vanidad y que se engallaba ante la frase escocedora de Ernesto Dévelroy: ,«¡Oh, qué feliz eres al tener un padre que te da el pan!». Bathilde me ha dicho cosas verdaderas; por orden suya me he comparado a centenares de hombres, de hombres que gozan de la más alta consideración. Hagamos como todo el mundo, dejemos a un lado la moralidad de nuestros actos oficiales. ¡Bien!, yo soy capaz de trabajar dos veces más que cualquier jefe de negociado, incluso que el más considerado, y además en un trabajo que desprecio y que en Blois me ha cubierto de un lodo que posiblemente merecÃa.