Rojo y blanco
Rojo y blanco Todo aquel fondo de pensamientos constituía para Luciano casi la felicidad. Los sones de una orquesta, varoniles y vigorosos, las evoluciones divinas y llenas de gracia de la señorita Elssler, le distraían de vez en cuando de sus razonamientos y daban a los mismos una gracia y un vigor seductores. Pero mucho más celestial era aún la imagen de la señora de Chasteller, que a cada instante volvía a dominar su vida. Aquella mezcolanza de razonamientos y de amor, hizo de aquel final de velada, pasado en un rincón del proscenio, una de las noches más felices de su vida. Pero cayó el telón.
Regresar a su casa y mostrarse amable durante una conversación con su padre hubiera sido volver a caer, de la forma más desagradable, en el mundo de la realidad, y hay que tener el valor para declararlo, en un mundo sumamente fastidioso.
«Debo procurar no regresar a casa antes de las dos, se dijo, so pena de tener que enfrentarme con un diálogo paternal».
Se dirigió a un hotel y alquiló una pequeña habitación. Pagó, pero le exigieron insistentemente un pasaporte. Se puso de acuerdo con el dueño del establecimiento, prometiéndole que no dormiría aquella noche en la habitación y que al día siguiente le entregaría su pasaporte.