Rojo y blanco
Rojo y blanco Se paseó con delicia por aquella pequeña habitación, el mejor mueble de la cual era la siguiente idea: «¡Aquí, soy libre!». Se divirtió como un niño por el nombre falso que había dado en el registro del hotel.
«Me es necesario un nombre falso para asegurar todavía más mi libertad. Aquí estaré, se decía paseándose con delicia, completamente al abrigo de la solicitud paternal, maternal y sempiterna».
Sí, aquella frase grosera fue pronunciada por nuestro héroe, y me siento molesto, no por ella, sino por la naturaleza humana.
Tan cierto es que el instinto de libertad se halla en todos los corazones y que no se agita impunemente en los países en los cuales la ironía ha desencantado las tonterías. Un instante después, Luciano se reprochó vivamente aquella frase en cuanto se refería a su madre, pero de un modo u otro, aquella excelente madre, sin saberlo ella misma, había atentado contra su libertad. La señora Leuwen había creído emplear toda la delicadeza y habilidad posibles en su proceder, y ni una sola vez pronunció el nombre de la señora de Chasteller. Pero un sentimiento más agudo que la inteligencia de la mujer de París, a la cual se le atribuía más, había llevado a Luciano a la certeza de que su madre odiaba a la señora de Chasteller.