Rojo y blanco
Rojo y blanco «Así pues, se decía, o más bien sentía sin declarárselo, mi madre no ama ni odia a la señora de Chasteller; quizá no sepa ni que dicha señora existe».
Puede creerse que en medio de tales ideas y pensamientos, no sintió la menor tentación de irse a asfixiar en las ideas espesas del salón de la señora Grandet, y menos aún de someterse a sus estrechamientos de manos. No obstante, era esperado en aquella casa con ansiedad. El velo de tristeza que a veces oscurecía las amables cualidades de Luciano y le reducían, en apariencia al menos y a los ojos de la señora Grandet, al papel de un frío filósofo, había producido una verdadera revolución en aquella mujer, hasta entonces tan prudente y ambiciosa.
«No es muy divertido, pero por lo menos es sincero», se decía.
Este pensamiento fue el primer paso que la lanzó hacia un sentimiento hasta entonces tan desconocido para ella y tan imposible.