Rojo y blanco

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Esta costumbre, antisocial en París, había quedado oculta porque hasta aquella época de su vida, con excepción de la señora de Chasteller, nadie se había mostrado íntimo con él, y nunca se le había visto prolongar una visita más de veinte minutos. Su manera de convivir con la señora Grandet puso al descubierto aquel defecto que, entre todos, es el más idóneo para hacer que un hombre se estrelle. A pesar de realizar esfuerzos increíbles, el joven Leuwen era absolutamente incapaz de disimular un cambio de humor, aunque en el fondo no tenía un carácter desigual. Aquella maldita condición, en parte oculta por las costumbres más nobles y sencillas que puedan darse, así como una educación exquisita desarrolladas por una madre, mujer de inteligencia notable, había sido vista con buenos ojos, desde un principio, por la señora de Chasteller. Constituyó para ella una encantadora novedad, acostumbrada como estaba a una igualdad de caracteres, obra maestra de esa hipocresía que recibe en nuestros días el nombre de magnífica educación entre las personas demasiado nobles o demasiado ricas, y que deja un fondo de incurable sequedad de espíritu en el alma que la practica, así como en la de quien debe compartirla. Para Luciano, el recuerdo de una imagen que le era querida, un día de viento del Norte con sombríos nubarrones, la visión súbita de alguna mezquindad, o cualquier otro acontecimiento un poco fuera de lo normal, bastaba para hacer de él un hombre distinto. No había encontrado en su vida una solución a su desventura, ridícula y extraña en este siglo: la de tomar las cosas en serio. Hallarse encerrado en una pequeña habitación con la señora de Chasteller, y tener la seguridad de que la puerta estaba bien cerrada y que no podría ser abierta por ningún importuno que pudiera presentarse de improvisto.


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