Rojo y blanco
Rojo y blanco Según todas estas precauciones, ridículas, hay que reconocerlo, para un teniente de lanceros, estaba quizá más amable que nunca. Pero tales precauciones, llevadas a cabo por un espíritu enfermizo y raro, por delicadas que fueran no podía experimentarlas al lado de la señora Grandet e incluso le hubieran sido odiosas y consideradas como inoportunas. Así estaba él a menudo silencioso y ausente. Tal disposición de ánimo era aumentada por la espiritualidad poco alentadora de las personas que formaban la corte habitual de aquella mujer célebre.