Rojo y blanco
Rojo y blanco No obstante, se le esperaba en aquel salón con ansiedad. Durante la primera hora de aquella velada en la cual se producía una revolución en el corazón de Luciano la señora Grandet había reinado como de ordinario. Después había sido sobrecogida, primero por la estupefacción y, a continuación, por la más intensa indignación. No había podido prestar atención alguna a nada ni a nadie más que a Luciano. Tal constancia en la atención era algo completamente insólito en ella. El estado en que se vela la extrañaba un poco, pero estaba firmemente convencida de que únicamente el orgullo o el honor herido eran las causas del estado en que se hallaba. Interrogaba con frases breves, con el seno agitado y los ojos y pupilas inmóviles, que jamás habían aparecido de tal forma sino como consecuencia de algún dolor físico, a todos y cada uno de los diputados, pares y demás personajes que comían del presupuesto e iban llegando sucesivamente a su salón. Con ninguno de ellos, la señora Grandet se atrevía a pronunciar el nombre de aquél sobre el cual estaba fija toda la atención de aquella velada. A veces se veía obligada a entremezclarse con aquellos caballeros en conversaciones inacabables, esperando siempre que fuera pronunciado el nombre del señor Leuwen hijo, aunque fuera de pasada.