Rojo y blanco
Rojo y blanco Su Alteza el príncipe real había hecho anunciar una partida de caza en el bosque de Compiègne, se trataba de acosar a los cervatos. La señora Grandet sabía que el joven Leuwen había apostado veinticinco francos contra setenta y cinco, a que la primera pieza sería capturada en menos de veintiún minutos después de ser ojeada. Luciano había sido introducido en tan alta sociedad por el anciano mariscal ministro de la Guerra. Ninguna distinción podía ser más halagadora para un joven empleado del gobierno. Podía esperarse algo útil; ¡y qué parte del presupuesto no podría esperar morder al cabo de diez años un muchacho que cazaba con el príncipe real! Éste no había querido invitar más que a diez personas, ya que uno de los eruditos que tenía a sueldo descubrió que monseñor, el hijo de Luis XIV y delfín de Francia, no admitía más que este número de cortesanos en sus cacerías de lobos.
«¿Será posible, se decía la señora Grandet, que el príncipe real le haya hecho avisar de improviso, que deseaba recibir a los futuros cazadores para hablarles de algo relacionado con la cacería?».
Sin embargo, los pobres diputados y pares que ella recibía sólo pensaban en lo sólido y no estaban lo bastante introducidos en la corte para hallarse al corriente de cosas como aquélla. Después de haberse hecho tal reflexión, la señora Grandet renunció a saber la verdad por tales caballeros.